COMO AFECTARÁ A NUESTRA ALIMENTACIÓN EL TTIP


El TTIP busca desregularizar los mercados entre la UE y los EEUU y equiparar la legislación a ambos lados del Atlántico. ¿La consecuencia para la alimentación? La desaparición de normativas europeas (o principio de precaución) que protegían hasta el momento la salud de los consumidores y el medio ambiente. Pero los efectos se extienden a la agricultura local y también a las alternativas existentes de venta directa entre productores y consumidores. Los principales beneficiados: las grandes corporaciones agroalimentarias.

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¿Qué tipo de comida nos propone el TTIP?

O dicho de otro manera, ¿a qué tipo de productos americanos se dará vía libre para que entren en Europa, sin tener que demostrar antes su inocuidad (control de peligros asociados a los alimentos)? La asociación ecologista Amigos de la Tierra nos da la clave.

– La entrada masiva de alimentos transgénicos. Para quién esté un poco perdido, los transgénicos, son organismos modificados genéticamente (OMG). Es decir, son seres vivos creados artificialmente con una técnica que permite insertar a una planta o a un animal genes de virus, bacterias, vegetales, animales e incluso de humanos. Por ejemplo, se han insertado genes de peces en patatas y en fresas, para trasmitirle la característica de resistencia al frío o genes de bacterias a los vegetales, para hacerles resistentes a ciertos insectos. Y un largo etcétera.

Aunque las 5 grandes agroquímicas que monopolizan este mercado entregan periódicamente informes propios que aseguran que estos productos no son peligrosos para la salud, muchos otros estudios independientes aseguran lo contrario. La recombinación de virus y bacterias puede dar origen a nuevas enfermedades, se transfiere la resistencia a antibióticos, se generan nuevas alergias y existe un mayor nivel de residuos tóxicos en los alimentos.

A día de hoy, en Europa sólo está autorizada una variedad transgénica, el MON 810, que aún así han prohibido 10 países (entre ellos Francia y Alemania). Con el TTIP, los 150 tipos de transgénicos de maíz, soja y colza que se cultivan en Estados Unidos, se importarían. Esto sería especialmente grave en España, donde actualmente ya se están cultivando el 90% de los transgénicos de toda la UE.

– Desinfectantes en la producción animal, que quiere decir sumergir los pollos, pavos, cerdos y otros tipos de carne en cloro al final del proceso de producción, enmascarando posibles enfermedades del ganado. Una práctica habitual en los Estados Unidos, pero prohibida en Europa.

– El uso de hormonas de crecimiento para tratar la carne. Tras publicarse varios estudios científicos en los que se demostraba que comer este tipo de carne presentaba graves riesgos de padecer cáncer, problemas endocrinos, de desarrollo, inmunológicos y neurobiológicos, especialmente para los niños, la UE reconoció en 1981 y reafirmó en 2003 que “el uso de hormonas como promotores del crecimiento en el ganado representaba un grave riesgo para la salud de los consumidores”, prohibiendo su uso.

– Fármacos como la ractopamina, que se emplea en EEUU como aditivo alimentario para promover el crecimiento de la masa muscular en el 80% de los cerdos, vacas y pavos. Además de representar un peligro para la salud humana, también puede afectar a los animales; causando estrés, hiperactividad, temblores, e incluso la muerte. Por estos motivos está prohibida en más de 160 países de todo el mundo, así como en la UE, que también prohibió su uso en 1996.

Así que si entra en vigor el TTIP, todo esto estará presente en nuestras comidas. Además, tal y como pasa en los EEUU, la introducción de estos productos no irá acompañada de un etiquetado informativo sobre su presencia en los alimentos. Y esto vulnera los derechos de los consumidores para poder escoger qué tipos de productos consumir.

¿Qué va a cambiar para nuestros agricultores? 

La agricultura de los Estados Unidos está más industrializada que la de Europa; las fincas son mucho más grandes y altamente tecnificadas. “En la UE, una finca hace aproximadamente 13 hectáreas, frente a las 170 en los EEUU. Y sobre 1.000 hectáreas, Europa emplea a 57 personas y en cambio al otro lado del Atlántico sólo 6”, destacan algunos expertos en economía y políticas agrícolas.

Así, la supresión de los aranceles provocaría la entrada masiva de productos americanos más baratos que supondría la ruina para la agricultura europea. Y además, se presionaría para modificar la normativa sobre las denominaciones de origen y las indicaciones geográficas.

En el polo opuesto se posicionan todos aquellos agricultores que defienden la soberanía alimentaria, es decir, un modelo de negocio ligado al territorio y que tenga en cuenta una dimensión humana donde los hombres y mujeres decidan sobre sus propias explotaciones. “No queremos que el capital domine la agricultura”, comentan.

Finalmente, con el TTIP quedaría muy limitado el derecho de cada país para decidir. Las multinacionales tendrían que ser informadas ante cualquier proyecto de ley o normativa de los gobiernos locales o estatales que afectasen a su sector. Y tendrían mucha más capacidad de hacer presión de la que ya tienen en el caso de que los gobiernos tomaran decisiones como por ejemplo las políticas públicas de compra de productos de proximidad, porque se considerarían perjudiciales para sus beneficios presentes o futuros.

Motivos no faltan. Por eso diferentes organizaciones de la sociedad civil salieron a la calle este pasado sábado 18 de abril en el Día de Acción Global contra el TTIP. Se llevaron a cabo más de 734 eventos en 46 países. En España, 53 localidades se unieron a la causa.

 

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