EL ARCHIPIELAGO DE SOCOTRA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD


Socotora o Socotra es un archipiélago formado por cuatro islas en el océano Índico. Están frente a las costas del Cuerno de África, a 250 km al este del cabo Guardafui y a unos 350 km al sureste de las costas de Yemen, país al que pertenece.

En 2008 fue inscrita en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por su Biodiversidad y contener cerca de 700 especies únicas en el mundo.

Foto animada

El archipiélago consiste en una isla montañosa principal, Socotora (3.625 km²) y tres islas más pequeñas, Abd Al Kuri y el par compuesto por Samha y Darsa, conocidas colectivamente como «Los Hermanos», además de otros islotes deshabitados. Abd Al Kuri y Samha suman una población de unos pocos cientos de personas, mientras que Darsa está deshabitada. La principal ciudad es Hadiboh (8.545 habitantes en 2004).

Socotora es una de las islas de origen continental más aisladas del mundo, separándose probablemente de África durante el Plioceno medio, en el mismo conjunto de procesos naturales que abrió el golfo de Adén hacia el noroeste. El largo aislamiento geológico del archipiélago y el intenso calor y falta de agua se han combinado para dar lugar a una interesante flora endémica que es muy vulnerable a los cambios; al menos un tercio de las 800 plantas que se encuentran en Socotora son endémicas. Los botánicos sitúan a la flora de Socotra entre las diez que más peligro de desaparición corren en el mundo. Una de las plantas más extrañas de Socotra es el Dracaena cinnabari, un árbol de extraña apariencia con forma de paraguas. Su savia, de color rojo, era buscada en la antigüedad para ser usada como medicina o tinte.

Al igual que ocurre con otras islas aisladas, los murciélagos son los únicos mamíferos nativos de la isla. Como contraste, la diversidad marina es muy grande, y se caracteriza por la presencia de especies originarias de las regiones biológicas próximas, el océano Índico occidental y el mar Rojo.

La mayoría de los habitantes de la isla viven todavía sin electricidad, agua corriente o carreteras pavimentadas. Los habitantes de Socotra crían ganado y cabras. En las islas se habla un idioma semítico propio, el socotrí, que está relacionado con otros idiomas de la península arábiga como el mahri y el dhofari o jibali.

El clima en general es desértico tropical, con pocas lluvias, concentradas en el invierno y más abundantes a mayor altura que en las zonas costeras. Socotora tiene tres tipos de terrenos principalmente: estrechas planicies costeras, una meseta de piedra caliza con cuevas kársticas y las montañas Haghier.

Socotora aparece como Dioskouridou (en alusión a Dioscúrides) tras un Periplo de navegación por el Mar Eritreo, del siglo I d.c. En las notas de la traducción que del mismo hiciera G.W.B. Huntingford, remarca que el nombre de Socotora no es de origen griego, sino que procede del sánscrito Dvipa Sukhadhara (“isla de la felicidad”). Se ha escrito que Alejandro Magno conquistó la isla de Socotora porque en ella había gran cantidad de aloes que servirían para la curación de heridas y enfermedades de sus soldados durante las campañas, aunque esto no está demostrado. La realidad es que los primeros Tolomeos, soberanos griegos de Egipto en la época helenística (siglos IV a I a.c.) exploraron las costas a ambos lados del Mar Rojo, cartografiándolas y fundando factorías comerciales en las costas africanas actuales de Eritrea y Somalia, descartando las árabes por ser desiertas, desde las que iniciaron un comercio regular con la India, de donde traían perfumes, perlas y otros productos exóticos muy apreciados por la alta sociedad. Un navío alejandrino en una de esas rutas descubrió la isla en tiempos de Tolomeo XI, en el año 80 a. C. Socotora fue así colonizada por mercaderes y negociantes, convirtiéndose en la principal escala de la ruta hacia la India. Una leyenda local cuenta que los habitantes fueron convertidos al cristianismo por el propio apóstol Tomás en el año 52 d.c. En el siglo X, el geógrafo árabe Abu Zaid Hassan comentó que la mayoría de los habitantes de las islas eran cristianos nestorianos.

El explorador lusitano Tristán de Acuña desembarcó en las islas a comienzos del siglo XVI y consideró a Socotra conquistada por Portugal. En aquel tiempo el cristianismo ya había desaparecido de las islas sustituido por el islam, excepto por unas cruces de piedra que Álvares dijo que la gente adoraba. Sin embargo, durante una visita a la isla por parte del jesuita San Francisco Javier, éste todavía encontró un grupo de personas que declaraban ser los descendientes de los convertidos por el apóstol Santo Tomás (“cristianos de Santo Tomás” es un nombre dado muchas veces a los cristianos nestorianos). Las islas pasaron a estar bajo el control de los sultanes Mahra en 1511. En 1886 pasó a ser protectorado británico debido a su posición estratégica, controlando el estrecho de Adén. Con la independencia de Yemen en 1967, las islas pasaron a su soberanía.

Socotora es considerada un excelente ejemplo de diversidad biológica. Debido al largo aislamiento geológico del archipiélago, junto con el fuerte calor y la sequía, se ha creado una espectacular flora endémica que es vulnerable a las especies introducidas (como las cabras) y al cambio climático. Los botánicos consideran la flora de Socotra entre las diez floras isleñas más amenazadas en el mundo.

El archipiélago es una ecorregión definida por la WWFmatorral xerófilo de Socotra, parte de la ecozona afrotropical.

La formación vegetal más sorprendente de la isla se encuentra en los acantilados, al pie de las montañas. La vegetación allí está dominada visualmente por el árbol de pepino, Dendrosicyos socotrana, una subclase particular de la rosa del desierto, Adenium obesum subsp. socotranum y Euphorbia arbuscula. Más arriba, en las montañas, domina la dragonera de Socotora o árbol de la sangre del dragón (Dracaena cinnabari), con una copa en forma de paraguas. Su resina, la sangre de drago, se utiliza como tinte desde la antigüedad. También se encuentra en el archipiélago Dorstenia gigas, una Moraceae paquicaule.

Fuentes: Wikipedia – National Geographic

Los bosques frenan, de momento, el aumento de CO2 y el cambio climático


“En la hora del nacimiento, un árbol hermano para enraizar.
Un árbol en la hora de la muerte para conducirnos.
Un árbol guardián que custodia nuestra casa.
El árbol en la plaza para la unión del pueblo.
Un árbol templo para la boda, la fiesta y para hablar con el cielo.
Un árbol rey en el centro de la nación para inspirarnos.
Un árbol al principio.
Un árbol en el ombligo del tiempo.
Y un árbol antes del fin.
Y en esta hora oscura millares de árboles medicina para sanar al hombre y a la tierra.
   Para mí, los árboles han sido siempre los maestros más penetrantes. Yo los venero cuando viven en tribus y familias, en bosques y manglares…Ellos luchan con toda la fuerza de sus hojas por una sola cosa: realizarse según sus propias leyes, construir sus propias formas, representarse a ellos mismos; nada es más sagrado ni más ejemplar que un árbol hermoso y fuerte”. (Herman Hesse, “Árboles”, Natural Resources Journal, 1980).

Casi 17 millones de hectáreas de bosque desaparecen cada año, una cifra sin duda aterradora si consideramos la importancia que tienen en nuestra vida. La deforestación o la tala indiscriminada es un problema de consecuencias terribles, no sólo para el planeta, también para la supervivencia de nuestra propia especie.

Los árboles, los bosques interactúan con el suelo, con infinidad de animales, con otras plantas, con la lluvia, con el viento; cuando los perdemos, se rompen los lazos con todas esas cosas y los ecosistemas se desequilibran.

De la conservación de los bosques depende nuestro futuro.

¿Quién no se ha sentido alguna vez acariciado por una magia especial al entrar en un bosque antiguo?. Los árboles y los bosques, no sólo nos ofrecen beneficios materiales, además nos regalan sus sonidos, sus aromas, su frescor, su belleza, nos envuelven en una tranquilidad y bienestar casi mística.

Conocer el funcionamiento de los bosques como ecosistema tiene una gran importancia en Permacultura. El bosque debe ser una inspiración y un modelo en nuestros diseños, el maestro que nos guía. En un bosque podremos encontrar ejemplos de prácticamente todos los principios de diseño de la Permacultura.Tras observar los bosques, estudiarlos, sólo después podremos crear sistemas sostenibles.

Un estudio liderado por el CREAF constata que la disminución de las deposiciones de contaminantes, y sobre todo el incremento de CO2 atmosférico, han estimulado la fotosíntesis y el secuestro de carbono por parte de los bosques. Es clave entender cómo circula el carbono entre la atmósfera, los seres vivos, los océanos y los suelos para anticipar los efectos del cambio climático.

El bosque de Brasschaat, situado al norte de Bélgica, junto a Holanda, es un bosque templado caducifolio y uno de los emplazamientos utilizados durante 14 años para la investigación. Autor: Johan Neegers (CC BY-SA 3.0)

El aumento del CO2 en la atmósfera es el gran responsable del cambio climático y el calentamiento del planeta. Por ello es importante conocer el ciclo del carbono y qué mecanismos modifican como circula por la Tierra. Un estudio publicado en la revista Nature Scientific Reports, y en el que han participado varios investigadores del CREAF, destaca que el ciclo del carbono y los efectos del cambio climático varían en función de un complejo entramado de interacciones entre los componentes de la atmósfera —gases que la forman, contaminantes y emisiones humanas, y otras partículas.

La investigación ha analizado 23 bosques de Europa y los Estados Unidos y ha comprobado que los bosques han fijado un 1% más de carbono cada año desde 1995 hasta 2011.

El artículo primero evalúa como ha interaccionado el CO2 de la atmósfera con los bosques. Los vegetales absorben el CO2 para crecer mediante la fotosíntesis. Si aumenta el CO2 en la atmósfera la fotosíntesis es más eficiente porque las plantas tienen más carbono disponible, y por tanto, crecen más, como cuando se utiliza un fertilizante. La investigación ha analizado 23 bosques de Europa y los Estados Unidos y ha comprobado que los bosques han fijado un 1% más de carbono cada año desde 1995 hasta 2011.

De este modo, durante las últimas dos décadas, los bosques han sido unos grandes aliados para frenar el cambio climático. Se estima que han secuestrado de media el 30% del CO2 emitido por la actividad humana. Sin embargo, otros estudios alertan que este efecto fertilizante se está reduciendo y que los ecosistemas terrestres, saturados y limitados por la falta de agua y otros nutrientes como el azufre y el nitrógeno, cada vez pueden capturar carbono a menor ritmo y podrían pasar a emitir más de lo que absorben.

Por otra parte, según los autores, los bosques ahora son más productivos gracias a que la mejora de políticas ambientales ha frenado la deposición de azufre y nitrógeno provenientes de gases contaminantes en los ecosistemas. Estos dos elementos son los principales responsables de la lluvia ácida, y con su reducción ha mejorado la salud de los bosques. Sin embargo, el estudio pone de manifiesto que el entramado es tan complejo que hay que tener en cuenta la menor llegada de nitrógeno al ecosistema. Esto lo puede haber convertido en un nutriente escaso y provocar que el crecimiento de las plantas, y la consecuente captura de carbono atmosférico, se frenen.

“Por lo tanto, hay que considerar todos los elementos que componen la atmósfera y cómo fluctúan en ella. El flujo o movimiento de carbono a través de los ecosistemas responde a un conjunto complejo de relaciones que estimulan a la vez la captación y la emisión de carbono”, explica el autor principal del estudio e investigador del CREAF y de la Universidad de Amberes, Marcos Fernández Martínez.

Efectos de la lluvia ácida en un bosque de la República Checa. 

El cambio climático aún no es el principal responsable de los cambios en el balance de carbono

El estudio también ha servido para demostrar que, de momento, el cambio climático no ha sido el único responsable de modificar la capacidad de los bosques para emitir y capturar carbono. En ninguno de los 23 bosques estudiados, ni la temperatura ni las condiciones hídricas —dos condiciones propias del clima— no han cambiado significativamente durante el período de tiempo que ha durado el estudio (de 10 a 19 años según el lugar). Por lo tanto, “debe haber sido la disponibilidad de nutrientes y de CO2, y la presencia de contaminantes los máximos responsables de que haya cambiado el balance de carbono, no el clima. Pero es posible que a partir de ahora sea el cambio climático, más intenso cada vez, quien más afecte al balance del carbono a nivel mundial”, alerta el investigador.

Finalmente, el estudio remarca la necesidad de obtener datos de periodos más largos y de otras regiones de la Tierra para poder compararlas y ver cómo afecta en general la deposición de elementos y el cambio climático en el flujo del carbono. “Las tendencias serán diferentes ya que se espera que los estados emergentes aumenten la deposición de azufre y nitrógeno, como han estado haciendo los países occidentales hasta hace pocas décadas”, concluye Marcos Fernández Martínez.

ARTÍCULO

Fernández-Martínez M., Bartrons M., Sardans J., Verger A., Peñuelas J, et al.(2017). Atmospheric deposition, CO2, and change in the land carbon sink. Scientific Reports 7: 9632. DOI 10.1038/s41598-017-08755-8

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